LLegada a Burgaz

Mi llegada a Istanbul fue “casi “ perfecta. “Casi”, porque, cuando llegué al aeropuerto de Austin perfectamente bien gracias a la manejada impecable de Tomas, surgió el primer inconveniente: un atraso del vuelo a Houston por una tormenta seria. Este atraso se fue incrementando con el pasar de los minutos. Primero de 4:00 a 5:15; luego a las 5:45, ; después a las 6:45 y a las 7:00. Acá me empecé a preocupar ya que mi vuelo a Istanmbul salía a las 9:00. Pido internamente que todo salga bien y que llegue a tiempo.

De repente, escucho “We are boarding now!”, cosa totalmente inesperada. Feliz ante el nuevo desarrollo, subo al avión y despegamos. Ahora hay posibilidades de llegar a tiempo a tomar mi ferry a las isla. Aterrizamos una hora más tarde de lo esperado. Un poco ansiosa, ya que el ferry sale en una hora, pienso que debo recoger las valijas, hacer aduana, cambiar dinero y conseguir un taxi en este lapso de tiempo. Saco papel y escribo: “Todo sale súper fácil. Voy de un lado al otro como una flecha. Las valijas aparecen perfectamente. El barco me lleva sin problemas”.

Camino vertiginosamente al control de pasaporte que resulta estar al fin del mundo. Menos mal que solo tengo una mochila a mis espaldas, prestada a ultimo momento por Becca, la novia de Tommy. Legando al anden de las valijas, diviso a la distancia mi valija blanca, que había comprado de ese color apropósito poder reconocerla fácilmente. Solo faltaba la chiquita negra. Aparece al instante una que podría ser la mia. Esta volteada hacia arriba; no estoy segura…”¡Dios mío…! Si! Es la mia!”
Camino con un poco de dificultad ya que manejar dos valijas y una mochila no es algo que haga habitualmente. Justo paso por una casa de cambio donde obtengo liras turcas. Me dirijo sin pausa a la salida, aunque en realidad hubiera necesitado parar en el baño, pero resisto la tentación para no perder ni un minuto. Miro el reloj. Son las 5:25 “¡ Ay, quizás lo logre!”. Claro, todavía me falta encontrar un taxi en la vorágine del aeropuerto Ataturk. Llego a la calle; hay una cola larga y yo estoy del lado opuesto. No tengo tiempo de caminar al otro lado, ni tengo fuerzas para hacerlo. Me adelanto hasta el borde de la calle; levanto la mano y paro un taxi.

Con mi turco precario, le indico adonde ir y me doy cuenta que no sabe . Llamo a mis amigos, Ariella y Loni, y por suerte Loni le explica como llegar al Mavi Marmara Motor Iskelesi y me aclara que el ferry sale a las 6:30. Totalmente calmada por tener mas tiempo que el que yo pensaba, llegamos al lugar adecuado. Me doy cuenta que me es prácticamente imposible caminar con las dos valijas en esta calle empedrada hace 10000 años. Le hago señas a un señor, le muestro las valijas y le pido que me las lleve al final del embarcadero. “Evet, evet”, me contesta amablemente.

La puerta del desembarcadero esta cerrada. Me dirijo a un grupo de mujeres y les digo inquisitivamente:”Mavi Marmara motor?”. Se miran entre ellas y responden energéticamente: “Yok, yok!”, convenciéndome de que no paraba ahí. Pánico! Lo llamo a Loni que puede hablar turco con mi maletero improvisado, pero no logra obtener mas información. De la nada, aparece un apareja que parece europea. Los paramos y le preguntamos desesperadamente. El señor nos contesta en algo que suena como italiano, “Si, Si a las 7:30” Gracias a Dios!. Llego a la puerta que estaba cerrada y logro ver a alguien que estaba adentro de la casita donde se vendían los tickets. Me abre amablemente. Compro el pasaje y me dice que puedo dejar mi equipaje y esperar en el café cercano. Sigo sus sugerencias y cuando llega la hora indicada, subo al ferry y llego a la isla sin problemas. Ya lista a bajar, la isla con sus casaso, los restaurancitos y la gente se hacen realidad. Ahí están, Loni y Ariella esperándome en el embarcadero. Me embarga una emoción profunda. Amo esta isla. “Gracias, Cavit!”